• Natasha Drago Grisak

La cultura alimenticia en la migración

Decir que la migración no afecta nuestra alimentación está lejos de ser una realidad. Cuando nos trasladamos a otro país el tipo de alimentos que consumimos al igual que los hábitos y costumbres alimenticias cambian.


Si hay algo que aprendí al migrar es que la alimentación está atravesada por diferentes factores, desde las preferencias personales, la disponibilidad geográfica, los impedimentos médicos, el clima y la identidad cultural. Gracias al mercado gastronómico podemos conocer ciertos aspectos culturales del país de acogida, pero también conectar con otras culturas y sobre todo con nuestra identidad cultural.


¿Has cambiado la forma de alimentarte luego de tu migración? ¿Has buscado en los recovecos de la ciudad donde vives algún local donde encontrar aquellos alimentos para poder conectar con tu cultura y tu país? Si tu respuesta es afirmativa continúa leyendo, este artículo es para ti.


¿Cómo nos afecta la migración en nuestra alimentación?


Cuando uno migra se vuelve más observador/a del contexto donde está situado. En mi caso vivir en España, me ha hecho conocer aspectos culturales a partir de la alimentación. Las tapas, la caña y sus diferentes medidas, el gran consumo de embutidos y charcutería, el bocata a media mañana y las comidas a las 14 hs marcan la cultura alimentaria del lugar. Lo que al principio era imposible para mi, luego de tres años se ha vuelto posible e inevitable.


En Argentina, el consumo de carne vacuna es importante y hasta una marca registrada. Sin embargo, debo asumir que luego de varios años viviendo en otro país, mi consumo bajó muchísimo, mientras que la ingesta de legumbres y pescado ha ido en aumento. ¿Está mal? No lo sé, creo que no hay algo que esté bien o mal, de seguro la disminución de ingesta de carne ha sido positiva para mi salud, pero entiendo que lo cultural está en la superficie.


Si vives en aquellos países donde el invierno es crudo y largo, seguramente la alimentación esté relacionada al clima: sopas, bebidas calientes, comidas con alto contenido energético, consumo de Vitamina D por la falta de luz solar. Para los latinos, esos cambios pueden ser muy abruptos y difíciles de llevar. Pero hacer el cambio en la alimentación se transforma en una necesidad.


La globalización en el mercado gastronómico

Hoy, estoy más cerca de confirmar mi hipótesis de que la existencia de la gastronomía de un determinado país -más allá de lo interesante que pueda ser degustar las comidas típicas de otros países sin salir de su ciudad- está íntimamente relacionada con el índice de migración.


En los últimos años la gastronomía venezolana ha ido en aumento en Argentina y España (hablo de aquellos países donde realmente he vivenciado esa experiencia) y esto está relacionado por la gran migración venezolana que hubo en ambos países. Al igual que la gastronomía argentina ha encontrado su lugar en España luego de la crisis del 2001.


Así mismo, cada vez nos es más fácil al inmigrante conectar con nuestro país de origen a partir de la gastronomía. Con el paso del tiempo y mientras nos adecuamos a las comidas típicas del país donde elegimos vivir, también aparece la necesidad de volver a nuestro lugar de origen, al menos por un rato. ¿Y tú has ido a un restaurante de tu país en la ciudad donde vives?


Lo emotivo de la alimentación


Cada vez que voy a Argentina disfruto de cada comida típica de mi país. No puedo dejar de detectar el tinte emocional que atraviesa esto tan efímero como es “alimentarse”. Sin embargo, el placer oral está marcado por nuestra historia y los recuerdos.


En el caso de los argentinos, la mayoría prueba el mate antes de los 2 años. El modo de consumo, tan parecido a la succión de leche materna, hace que sea uno de los primeros productos nacionales que ingiere el niño/a. Nos acompañó en las reuniones con amigos por la tarde desde la adolescencia o los domingos antes del almuerzo familiar... hoy nos acompaña en los buenos y malos momentos de nuestra migración… es un compañero silencioso pero siempre está presente.


Sin embargo, como mis orígenes también son uruguayos tengo recuerdos de comer el dulce chajá cada vez que iba a visitar a mi familia a Montevideo. Hoy, es algo que sigo haciendo cuando piso suelo uruguayo, al igual que comer el fainá. Si hay algo que tiene la alimentación, es que de forma inconsciente, cuenta algo de nuestra historia.


No recuerdo alguna visita de amigos y familiares sin que me traiga algún regalo de mi país, y no es casualidad, la mayoría de las veces es algún dulce o golosina típica, y lo agradezco porque hoy por hoy son los regalos más valorados por mi.


La cultura alimenticia en las festividades

En cada festividad, intento cocinar alguna de las comidas que disfrutaba en mi país de origen. La chocotorta- galletas de chocolate mojadas en leche, con dulce de leche y queso crema- en algún cumpleaños, aunque mi círculo de amigos, que ninguno es argentino, no comprenda el valor de ese postre, que hoy además tiene variaciones. Termina siendo un autoregalo, una manera de sentirme más cerca de mi país o de la forma de festejar que tenía allá.


Tengo recuerdos de los primeros años que pasé las fiestas lejos de casa -¿cuando deja de sentir uno que su país de origen no es su casa?- y que por la situación actual de pandemia, asumo que este año también será así. Estuve días buscando la masa de pionono en diferentes supermercados para poder hacer uno salado -enrollado de jamón, queso, pimiento, oliva, y sinceramente lo que te apetezca incluir en él. Me despertaba pensando en eso, y salía a la búsqueda… de un no sé qué. Preguntaba a otros argentinos, recorría cada góndola para encontrar aquello que no iba a encontrar.


No era el pionono, era simplemente la manera en que proyectaba lo inevitable de la pérdida que acarrea el haber elegido vivir en otro país. Entendí que para mi era importante tenerlo en navidad, por lo que a falta de la masa comprada, me puse a hacerla yo en casa.


Las festividades hace ya mucho tiempo son los motivos de reunión familiar o con amigos con la excusa de festejar y compartir, y la comida termina siendo el objeto que nos une, ¡ya que semanas antes del evento empezamos a repartirnos qué llevará cada uno para que nada falte aunque mucho sobre! La historia se repite en cada encuentro...


Para algunos es el pionono, para otros el alfajor, el ceviche, el tequeño o la arepa. Si te hace feliz, inclúyelo en tu cena navideña, aunque el clima no acompañe, o el producto sea difícil de conseguir. Si hay algo que es parte del “alma de la fiesta” tiene que ver en general con tu historia, con tus recuerdos y con tu identidad cultural.


Escrito por Lic. Natasha Drago Grisak

Psicóloga, argentina e inmigrante.


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